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martes, 13 de octubre de 2009

12 de octubre

Ayer fue el 12 de octubre, día de la Hispanidad, de la Raza en las Américas, y aquí en España desde hace unos años, también día de las Fuerzas Armadas.


Desde niño, esta última conmemoración ha tenido para mi un carácter festivo, solemne y emotivo, todo a la vez. Mi familia, de larga y abundante tradición militar, celebraba ese día con uniformes de gala, muchas veces con la participación de algún miembro en los desfiles o actos protocolarios y asistiendo en directo desde la grada o las tribunas al paso de las tropas. Hubo incluso un año en el que, como alférez de Artillería en prácticas, tuve la suerte de mandar la batería que disparaba las salvas de honor desde la Casa de Campo.

Me gustan los actos militares, con su solemnidad, su apelación a la memoria y la historia, el recuerdo a los caídos, la exaltación de valores tradicionales como la disciplina, el valor, el compañerismo, la lealtad, el honor. Valores que aprendí de mi padre, militar, y que son y han sido universales y han marcado las hazañas y las gestas de los grandes ejércitos de la historia: Alejandro, César, Carlo Magno, Gengis Khan, los Tercios, Napoleón, los fusileros de Bengala, la Legión Extranjera. Beau Geste, Beau Sabreur, Beau Ideal.

No puedo evitar un nudo en la garganta cuando voces de hombres y mujeres de diverso origen cantan al unísono "La muerte no es el final" en el acto de homenaje a los soldados fallecidos en acto de combate. No hay sentimiento más noble que el recuerdo agradecido a los que dieron sus vidas por los ideales colectivos y ante ellos se rinden e inclinan reyes, banderas y pendones (¿adónde mirabas ayer, Zapatero?).

El alegre sonido de las marchas militares, el vivo paso de los soldados, los colores y brillos de banderas y cornetas, el retumbar del suelo con los pasos de hombres, vehículos y caballos, todo ello tiene para mi un aire de fiesta. Fiesta de paz, de convivencia, de agradecimiento, de solidaridad, pero también de compromiso, de garantía, de seguridad.

Bosnia, Kosovo, Líbano, Afganistán, lugares lejanos dónde se libran guerras próximas. No hay guerra ajena en la aldea global. Guerras que se pelean lejos para no sufrirlas cerca. Todas son nuestras guerras y en todas tenemos que asegurarnos que nuestros valores, nuestra forma de entender la vida, nuestra civilización están bien defendida y protegida. Guerras dónde los soldados son escudos lejanos que ven para que no veamos, sufren para que no suframos.

Eso es lo que hacen los ejércitos modernos. Eso es lo que han hecho los ejércitos siempre. Por supuesto que no hay historia sin mancha, no hay trayectoria sin error, como no hay vida sin pecado. Pero hoy y ahora nuestras Fuerzas Armadas se entroncan con lo mejor de la historia militar de España, con sus mejores soldados y son los herederos de todos los grandes ejércitos de nuestra historia.

Todos los países importantes a lo largo de la historia lo han sido porque tenían un proyecto colectivo, que trascendía a las personas y que se defendía con vigor. En ese proyecto había un papel y un espacio reservado a la milicia. En estos tiempos en los que es difícil ver el proyecto de nación parece que tampoco está claro el papel asignado a las Fuerzas Armadas.

Los trajes negros y la boina amarilla de la Unidad Militar de Emergencia, antimiméticos, destacan entre los colores terrales del resto de las tropas. Simboliza la imagen deseada por este gobierno para un ejército ONG, mitad bomberos, mitad contratistas de obras. Labores de protección civil y de reconstrucción en las misiones de guerra, más preocupados por una parte de la opinión pública que prefiere un ejército blando, descafeinado.

"Prefiero morir antes que matar" dijo Bono, que luego se compunge ante los féretros que regresan de Asia. "No es el momento para hacerse los soldaditos valientes" dice la esposa de un pescador secuestrado en Somalia, que prefiere que paguemos un vergonzante rescate. "Continuaremos con nuestra misión de reconstrucción nacional en Afganistán" dice Zapatero al día siguiente de enterrar a la última víctima de los ataques talibanes.

Mientras, se recortan los presupuestos de defensa, se retrasa el envío de material de protección y blindaje frente a ataques con bombas, no se despliegan más helicópteros (6.000 euros la hora de vuelo, nos lo ahorramos; total, como es para construir una escuela!) y sobre todo se les da órdenes de no disparar, de replegarse, de no entrar en los pueblos por si acaso, de dedicarse a "reconstruir" lo que luego es destruido por los talibanes en cuanto terminan.

Nuestros valores son tanto más importantes cuánto más nos impliquemos en su defensa. Quizá sea ese el problema, que en este tiempo de relativismo moral, no tenemos, no tiene nuestro gobierno ni nuestra sociedad los valores fundamentales claros. Así, estamos en Afganistán (o en cuialquier otro sitio en conflicto) como gesto, no como decisión y compromiso firmes. Enviamos soldados y les ponemos una boina azul y así nos convencemos de que van en misión de paz y tranquilizamos nuestros complejos pseudo pacifistas. El color de la boína, azul, amarilla, es más importante que el blindado o el helicóptero.

Si vamos de construcciones, no es al ejército al que hay que enviar. Y si enviamos al ejército, que es lo que hay que hacer cuándo se libra una guerra que sí nos afecta, entonces dejemos que actuen con todas sus capacidades.