Posiblemente la mejor forma de disfrutar de la bonita y diversa arquitectura de los edificios de Madrid sea recorriendo la ciudad en uno de esos autobuses de dos pisos con la cubierta superior sin techo, de modo que uno se desplaza a la altura del primer piso (o principal como se llamaba antes) y así se evita la muchas veces desagradable visión de la decoración de numerosos locales a pie de calle.
Rojos, amarillos chillones, verdes lima, azulones, cualquier color vale en la decoración de las fachadas de los locales comerciales para destacar y ser visto aunque sea a costa del buen gusto y de la necesaria armonía estética con el edificio que lo acoge y los otros colindantes. Cuando además coinciden varios locales comerciales de llamativo color cerca unos de otros entonces el efecto es aun mayor, formándose un arcoiris chillón y de mal gusto que afea esquinas y plazas.
Madrid sufre de contaminación estética, como sufre de contaminación del aire o acústica. Los colores de los locales comerciales huyen del color natural de la piedra de los edificios, blancos y ocres, y buscan el contraste máximo, creando una cacofonía del color insoportable. Lo que es bueno para un centro comercial de nuevo y moderno diseño no casa con la piedra desnuda del Madrid de los Austrias, ni con las fachadas sobrias y claras de Chamberí o el Barrio de Salamanca.
Otras ciudades han regulado el diseño exterior de los locales comerciales, muchas en Europa pero también en España. La nueva Gran Vía de Bilbao remozada recientemente es un buen ejemplo, donde las grandes marcas muestran su mercancía tras grandes escaparates encastrados perfectamente con los edificios de esta calle y los nombres de los comercios se muestran sin sobresaltar la estética general.
También la autorregulación sirve para moderar esta deriva. Algunas grandes marcas han desarrollados diseños corporativos para sus tiendas y locales que se integran en el entorno aruitectónico sin grandes contrastes, a veces incluso con armonía. El éxito comercial no viene del color de la fachada sino de la satisfacción que sus clientes encuentran dentro. El buen gusto y la responsabilidad estética (¿nuevo concepto a desarrollar como parte de la responsabilidad social corporativa?) deben encontrar recompensa. Igual que favorecemos como consumidores a las empresas que respetan el medioambiente deberíamos premiar también a aquellas que respetan ese otro ecosistema urbano.
Mientras el buen gusto encuentra su camino en los designios y diseños corporativos, recorramos Madrid en el bus descapotado y miremos hacia arriba, disfrutando además de balcones y ventanas, gárgolas y aves fénix, cristaleras y blasones, torres y miradores que nos ofrecen los edificios de Madrid.